Algo bajo la cama

Por Ama Ashtart

De vez en cuando, durante la madrugada, cuando me despertaba excitada, la certeza de que estaban ahí me hacía sonreír complacida. Con la felicidad de quien tiene a su alcance exactamente lo que quiere, prendía la luz, metía la mano bajo la cama, tomaba uno y lo arrastraba arriba.

Cuando terminaba de despabilarse ya su cabeza estaba en mi almohada. Es curioso como su cuerpo estaba entrenado: en el momento en que acababa de despertar, su miembro lo hacía también. Entonces lo cabalgaba intensamente una y otra vez, pero no lo dejaba correrse. él jadeaba excitado y asustado, porque, como todos ellos, ya conocía la rutina y sabía que estaba ahí para eso, le gustara o no. Aunque si estaban ahí, era porque eso justamente quería…

Luego le daba la vuelta y lo montaba de la otra forma: tenía un strapon al que se le podía cambiar el dildo y una colección de ellos de diferentes tamaños en la repisa del respaldar de mi cama. Siempre usaba uno un poco más grande que el pene de mi juguetito de turno, para penetrarlo mientras él me suplicaba entre lágrimas que no lo hiciera. Alcanzado mi orgasmo, repetía el ciclo con el siguiente, acabando siempre conmigo penetrándolo en cualquier posición de mi preferencia.

Entre tanto, Yo podía escuchar escuchar debajo de Mí, debajo de él, el barullo de la ansiedad, el temor y la excitación, el golpe de adrenalina que les producía desear tanto algo que les asustaba por partes iguales.

Al terminar, lo tiraba aun lado de la cama y sacaba otro… mismo tratamiento. Conforme los terminaba de usar, los iba poniendo en un 
mismo lugar, hasta que tenía una torre de cuerpos de hombres adultos, cansados, sudorosos y jadeantes, uno sobre otro.

A continuación, les ordenaba acostarse a lo largo de la cama, alternado pies y cabezas, para formar una sábana humana. Sacaba al último y lo montaba sobre ellos, sin ninguna consideración por sus cuerpos al moverme y apoyarme. Les dolía, pero los excitaba al punto de que las dos hileras de penes erectos eran como las barras de los dos pasamanos de una escalera. Al final los ponía arrodillados en círculo, conmigo en el centro y los hacía penetrarse uno a otro, ensartados como una cerca de legos, sin parar ni bajar el ritmo hasta que se hubieran regado todos dentro del otro.

Para terminar, los iba “desenchufando” uno a uno: desenchufo, beso y tiro al suelo. Conforme caían, volvían a su lugar bajo la cama, arrastrándose, agotados, aún chorreando su propia semilla.

Al final de la deliciosa faena, solo conservaba los últimos dos, los hacía abrazarse por la cintura y los ponía sobre Mí, porque para ese momento la madrugada ya estaba fría, y me dormía cobijada con su calor y al arrullo de sus respiraciones profundas y cansadas.

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